Negocios privados en Cuba sobreviven como pueden

Del 2010 a la fecha han entregado la licencia más de 100 mil cuentapropistas que deja su negocio o prueban en otro diferente

Cafetería privada en Cuba. FOTO MARTÍ NOTICIAS.

Cafetería privada en Cuba. FOTO MARTÍ NOTICIAS.


(DIARIO LAS AMERICAS). - En un cubículo sin apenas ventilación y alumbrado deficiente, Magda prepara la masa para un millar de pequeñas empanadas y cangrejitos. Al terminar de amasarlos, los rellena con una pizca de guayaba en barra o queso rallado.

Luego los fríe en un caldero de hierro con el aceite hirviendo. Después, vuelca las empanadas y los cangrejitos en un cubo metálico. El reloj marca las 6 y media de la mañana. La hora de Magda y su ayudante para comenzar la jornada laboral.

Lo hacen en un estrecho local que huele a fritanga. El calor insoportable y el vapor que escupe un horno eléctrico antiquísimo, rescatado gracias a la inventiva casera, lo convierten en una sauna.

“Cuando llego a mi casa, gasto un jabón entero para quitarme el olor a grasa. Trabajo doce o trece horas dos días y descanso otros dos. No gano mucho, si lo comparamos con el alto costo de la vida en Cuba, 80 pesos diarios (alrededor de 4 dólares), pero el triple de dinero si trabajara para el Estado. Como a todo el mundo el dinero, solo me alcanza para comer, más o menos bien, y algún que otro fin de semana llevar a pasear a mis tres hijos al zoológico o el acuario”, comenta Magda mientras se sacude los brazos de harina.

El negocio donde trabaja Magda es un timbiriche con techo de fibrocemento, contiguo a una concurrida parada en el barrio de la Víbora, al sur de La Habana. Benito, el dueño, tiene tres empleados: ella y un ayudante elaborando empanadas y uno vendiendo café y refrescos.

Los precios son módicos. Un peso las empanadas, dos los cangrejitos y dos pesos el café y refresco. Tras cuatro años obteniendo ganancias diarias que fluctúan entre 15 y 20 dólares diarios, Benito se aventuró a expandir su negocio.

“Invertí casi todos mis ahorros, unos 3 mil pesos convertibles, junto a un español que está casado con una pariente mía, y abrimos una cafetería climatizada para vender comida. Pero los números no cuadran. Tenemos pérdidas. Creo que era mejor mantenerme con el chinchal. Entre los altos impuestos, la competencia y que no todo el mundo puede pagar 65 pesos por un plato de comida o 40 por una pizza, estamos teniendo mermas”, dice con una calculadora china en la mano.

En la Avenida Acosta, donde radican los dos negocios de Benito, existe una especie de 'milla gastronómica'. Funcionan cinco paladares de alto estándar, alrededor de diez cafeterías y pizzerías, dos heladerías y una decena de puestos ambulantes que ofertan productos ahumados, galletas y confituras.

Serguey, propietario de una cafetería de comida criolla y sandwiches, no puede confirmarlo con datos o por un estudio de mercadotecnia.

“En esta zona hay mucho de tráfico de personas y existe una buena gestión de venta. Pero se ha saturado de negocios. Antes ganaba 30 CUC diarios, ahora poco más de 15. Algunos comienzan a tener pérdida y han cerrado. Excepto la pizzería de la calle Heredia, con una amplia clientela, y la heladería, el resto gana lo justo para pagar los impuestos y el salario de los trabajadores. Las ganancias te permiten vivir con desahogo si lo comparamos con la mayoría de los cubanos, pero sin lujos”, cuenta Serguey, que desde dos años tiene planificado reparar su casa, y por no tener el dinero suficiente, pospone las obras.

Los pequeños emprendimientos privados comenzaron bajo el mandato de Fidel Castro en el verano de 1993, seguidos con lupa y con demasiada cautela, y fueron ampliados por Raúl Castro en 2010, aunque siempre con la vigilancia del Estado.

Pero los frenos y controles fijados a los particulares, para impedir que las personas se enriquezcan y una vergonzosa lista de corte feudal que certifica las profesiones autorizadas por la autocracia, tiene poco de relevancia y creatividad.

Se ha publicitado en exceso sobre las tímidas aperturas económicas de pequeño alcance y vigiladas por el radar estatal. Pero una economía de subsistencia, informal y de pan con guayaba no serán los resortes que permitan desatascar la extendida crisis económica local.

Son pasos bien encaminados, pero limitados por el absurdo temor oficial que un sector de cubanos se enriquezca. Por cada pequeño empresario triunfador como los dueños de La Fontana, La Guarida o casas de hospedajes de lujo, una veintena ganan lo justo.

Según Osviel, funcionario de la ONAT en el municipio Cerro, “todos los meses cierran cientos de negocios. Del 2010 a la fecha han entregado la licencia más de 100 mil cuentapropistas que deja su negocio o prueban en otro diferente. En la lista de 201 trabajos aprobados, cinco o seis, entre ellos transportistas, gastronómicos, hospedajes, fotógrafos de quince y bodas, diseñadores y fabricante de muebles, que si hacen las cosas con calidad ganan entre mil y tres mil pesos convertibles mensuales. Pero son los menos”.

Aunque un dueño de negocio privado paga entre dos y cinco veces más que un empleo estatal, al no existir un marco regulatorio definido, los empleados no tienen suficientes garantías laborales.

“Aquí no se descansa. ¿Vacaciones? Ni loco, cuando regrese el dueño ya contrató a otra persona. En los negocios particulares se trabaja como una mula, pero se ve el provecho. Pudieran existir mejores condiciones laborales. Pero a mí no se me pasa por la cabeza exigirle nada al dueño. Me siento bien pagada y tratada. Al que todos debemos exigirles mejores salarios y calidad de vida es al gobierno. Pero nadie levanta la voz. Somos una manada de carneros”, subraya Magda, y remueve con una espumadera decenas de empanadas friéndose en el caldero.

Y es que en Cuba, tanto en la esfera pública como la privada, las personas asumen que el Estado o el dueño de negocio les están haciendo un favor.