Hermana de Fidel Castro: "Él sembró mucho odio"

Juanita Castro, hermana del fallecido Fidel, acepta y se resigna en silencio al ver cómo tantos se regocijan y celebran lo que a ella le provoca un profundo dolor

Juanita Castro, hermana del fallecido Fidel, acepta y se resigna en silencio al ver cómo tantos se regocijan y celebran lo que a ella le provoca un profundo dolor


(DIARIO LAS AMERICAS) MIAMI - En el hablar pausado y la mirada firme de Juanita Castro hay mucho dolor contenido. Tras más de cincuenta años de exilio y una separación familiar que le fue prácticamente impuesta, los recuerdos de una infancia feliz en la finca de sus padres, junto a sus hermanos, todavía perduran como lo único que ha podido atesorar de los años en que creía en la posibilidad de ayudar a construir lo que confió sería el mejor de los futuros para su país.

Sus apellidos, desde muy joven significaron para ella una gran responsabilidad y es que el hecho de ser hermana de los dos hombres que hace más de cinco décadas secuestraron el poder en Cuba, le ha impuesto la difícil tarea de encontrarse a cada paso en la ciudad donde vive a las víctimas o familiares de los fusilados o reprimidos durante el régimen dictatorial de Fidel y Raúl Castro.

Porque está consciente de esas verdades, y porque fue una de las que prefirió renunciar a todo para alejarse del engaño que desde enero de 1959 percibió que se forjaba, aunque vive en este momento el duelo por la muerte de su hermano Fidel, acepta y se resigna en silencio al ver cómo tantos se regocijan y celebran lo que a ella le provoca un profundo dolor.

"El sembró mucho odio", comentó Juanita en entrevista exclusiva con DIARIO LAS AMÉRICAS. Yo no lo haría, pero comprendo y respeto a los que celebran por su muerte porque él hizo mucho daño".

Los hechos en el tiempo

En julio de 1953, la finca de la familia Castro Ruz en Birán -en la región oriental de la isla- amaneció un día rodeada de soldados del ejército de Batista, "fue ahí que nos enteramos de que Fidel había asaltado el Cuartel Moncada", recordó.

“Acompañé a mi madre a Santiago de Cuba para saber de él, sobre todo nos interesaba averiguar si estaba vivo, herido, también habían arrestado a Raúl y ahí fue donde supimos en lo que ellos estaban".

La amistad cercana que unía a la familia con monseñor Enrique Pérez Sarantes, entonces arzobispo de Santiago de Cuba, fue una de las influencias utilizadas por Juanita para interceder por sus hermanos, además de acudir a la prensa.

“Queríamos dar fe de vida sobre ellos para que no pudieran hacerles nada. Hicimos varias gestiones y esos fueron mis primeros pasos en lo que se convirtió en el Movimiento 26 de julio, con el que me involucré para hacer algo por mis hermanos”.

Desde ese tiempo, y aunque a pesar de ser una familia numerosa, Juanita no recuerda que entre los siete hermanos haya habido grandes diferencias. El empecinamiento de Fidel Castro por lograr sus objetivos políticos comenzó a distanciarlo del hogar de sus padres y el dolor que provocó esa actitud ocasionó una gran fisura.

“Tras el Moncada, cumplieron prisión pero Batista concedió una amnistía y quedaron liberados. Se habían restablecido las garantías constitucionales en el país, al menos de forma temporal y Fidel aprovechó esa coyuntura para hacer ver que estaba siendo perseguido”.

Para crear la imagen de que era una familia asediada por razones políticas, en su arrancada a México adonde viajó a preparar lo que sería después la expedición del yate Granma, Fidel se llevó con él a sus hermanas Emma y Agustina, que estaban en La Habana realizando estudios.

“Yo me libré de eso porque estaba en la finca con mis padres, gracias a Dios. Así fue como él creó ese ambiente a su favor y sacrificó a todos por sus planes”.

La ausencia de afecto que Castro demostró hacia la familia desde que comenzó en la política, creó malestar en el hogar materno. A pesar de que había grandes diferencias entre el modo en que él y su hermano Raúl se relacionaban con los hermanos y los padres, “Raúl siempre sintió por Fidel una adoración y eso lo llevó a que se unieran de manera incondicional”, amplió.

“Uno se pregunta cómo pudieron compaginar. Para Raúl, Fidel era su Dios, su todo. Él era un muchacho muy amistoso, cariñoso, se ocupaba de sus padres, le gustaba ir a fiestas, tener amigos. Era buen hermano, buen hijo, y por la historias que me han hecho personas cercanas, he sabido que ha funcionado bien con sus hijos y sus nietos”.

El triunfo

Durante el primer año de la revolución, después de que Fidel Castro baja de la Sierra Maestra con su ejército de guerrilleros y comienza a instaurar las medidas de su proyecto social, el país se convirtió de momento en un gran hervidero.

A nombre de la revolución se cometían todo tipo de despojos y arbitrariedades, pero peor aún, se realizaban fusilamientos masivos sin que mediara el procesamiento de un tribunal para juzgar los delitos.

“Durante ese primer año, yo lo visitaba [a Fidel], tenía que hacerlo por el trabajo social que hacía, él me apoyaba con recursos. Cuando me quejaba de las cosas que estaban pasando en el país, me decía ‘no te preocupes Juanita, todo se va a arreglar, las cosas van a ir bien’”.

Mientras, los fusilamientos masivos en la antigua fortaleza militar de La Cabaña no paraban, bajo las órdenes de Ernesto Guevara, que viajó con Fidel Castro en el yate Granma desde México y alcanzó grados de comandante junto al resto de los alzados en la Sierra Maestra.

“Aquello me volvió loca, al primero de los revolucionarios que le enfoqué los cañones fue al Che Guevara por sus injusticias. Había personas que habían tenido como medio de vida un trabajo con el Gobierno de Batista, que no tenían culpa de nada, incluso soldados que pertenecieron al ejército anterior, sin ningún rango; fusilaban a cualquiera, no sé si para impresionar al mundo o por venganza. No sé qué movía al Che Guevara para hacer tanto daño de gratis. Eso me envenenó la vida. Al principio, de forma ingenua pensé que Fidel no lo sabía, después me di cuenta de que a mí también él me estaba engañando y entonces comencé a tratar de sacar de las prisiones a lo que arrestaban por sus ideas políticas, a quienes finalmente habían sido traicionados por Fidel y el régimen que estableció”.

El exilio

Tras la muerte de su madre en 1963 y profundamente decepcionada, Juanita viajó a México a mediados de 1964 con la decisión de no volver.

“Igual que fui la más identificada de mis hermanas con la revolución, así me separé por razones políticas. Él mismo marcó la distancia cuando en uno de sus discursos políticos cuando declaró que sería marxista-leninista hasta el fin de sus días. Dijo: ‘Con la revolución todo, fuera de la revolución, nada’. Ni familia, ni hermanos, ni madre, ni padre, esas fueron sus palabras textuales”.

El radicalismo y la intransigencia política de Castro marcaron un abismo de separación entre él y su hermana exiliada, para quien el tipo de Gobierno que se consolidó en Cuba ya estaba planeado antes de 1959.

“Ellos ya tenían diseñado ese fenómeno. No creo lo que algunos dicen que fue por culpa de Eisenhower [presidente de EEUU cuando triunfa la revolución], quien se negó a recibirlo en la Casa Blanca y que en respuesta a esa actitud Fidel se entregó a Nikita Khruschev [entonces el líder soviético]. No lo creo, para mí, todo eso estaba planeado desde la Sierra Maestra. No fue por casualidad que pasaron esas cosas”.

Aunque Juanita admite que se ha sentido mal por no haber visto nunca más a sus hermanos, incluso cuando han estado enfermos, asimismo advierte que ha sido por su propia voluntad.

“Nadie me ha presionado para que vaya a Cuba o para que no lo haga, fue una decisión que tomé, siempre he sabido que las cosas allí están iguales o peores que como las dejé, mi vida se termina aquí, donde voy a estar hasta que Dios disponga”.

“Lo que más siento de todo es el país que destruyó y la oportunidad que se perdió de hacer algo maravilloso”.

En 1964, en la ciudad de Nueva York durante el programa Meet the Press de NBC, entrevistada por Mr. Spivack. (CORTESÍA/ÁLVARO MATA)

En 1964, en la ciudad de Nueva York durante el programa Meet the Press de NBC, entrevistada por Mr. Spivack. (CORTESÍA/ÁLVARO MATA)

El cambio

Aunque no renuncia al sueño de una Cuba mejor, “en la que queden atrás los resentimientos y el odio, y seamos capaces de hacer algo por alcanzar la verdadera libertad”, Juanita se muestra escéptica con la posibilidad de que la desaparición física de Castro signifique un cambio.

“Aún quedan muchos en el Gobierno que durante todos estos años se han beneficiado, satélites que lo que han hecho es aprovecharse. Además me imagino que hay varios núcleos internos, los más fuertes, los reaccionarios, los empecinados, los ‘odiadores’. Dentro de esa cúpula hay de todo y se mantendrán luchando unos con otros como pasa en todos los grupos de poder”.

Malos recuerdos

En la finca de Birán, en el mausoleo edificado para los Castro Ruz, Juanita tiene reservado un nicho. Pero para ella, “tener un espacio en la familia después de la muerte, no tiene valor”.

Los hechos que zanjaron la división por la que nunca más volvió a reunirse con sus hermanos, diluyeron cualquier grata memoria de su remota infancia.

De izq. a der. Raúl, Agustina, Ramón, Fidel, Angelita, Emma, Lina Ruz (madre) y Juanita Castro Ruz.(CORTESÍA/ÁLVARO MATA)

De izq. a der. Raúl, Agustina, Ramón, Fidel, Angelita, Emma, Lina Ruz (madre) y Juanita Castro Ruz.(CORTESÍA/ÁLVARO MATA)

“Han sido tantas las cosas tristes y difíciles que cualquier buen recuerdo se ha opacado. Fue demasiado, por eso entiendo la reacción de mucha gente que expresa bailando su rechazo a tanto dolor. Es triste, pero eso fue lo que él sembró”.