Duelo impuesto en la isla afecta popular tradición de celebrar San Lázaro

Autoridades del régimen de Raúl Castro emitieron circulares que advierten la prohibición

La celebración de los seguidores de San Lázaro en Cuba es una tradición que mueve cientos de miles cada año, a la par de la conmemoración por el día de la Caridad del Cobre.

La celebración de los seguidores de San Lázaro en Cuba es una tradición que mueve cientos de miles cada año, a la par de la conmemoración por el día de la Caridad del Cobre.


(DIARIO LAS AMERICAS). - Mientras en el anticuado televisor chino los optimistas presentadores del noticiero elogiaban el inicio de la zafra azucarera, Eusebio y su esposa colocaban una efigie de San Lázaro encima de un pequeño altar, situado detrás de la puerta de entrada a la casa, repleto de resguardos y oraciones, dedicados a uno de los santos más venerados en Cuba.

El Viejo, como los cubanos le dicen al protector de los indigentes y enfermos, es junto a la Virgen de la Caridad, una de las deidades católicas más populares.

Cada año, en la madrugada del 17 de diciembre, Eusebio con su mujer, la suegra y los dos hijos, asisten al Santuario Nacional de San Lázaro, una pequeña iglesia situada en el poblado El Rincón, en Santiago de las Vegas, a 25 kilómetros del centro de la capital, en el sur de la provincia de La Habana. Después de rezar y pedirle al Viejo, al pie del altar, depositan un puñado de billetes de cinco pesos.

“Si no fuera por el viejo Lázaro, yo estaría en el tanque (prisión). Por un expediente de malversación, un fiscal me quería sancionar a diez años. Le pedí a San Lázaro que si me libraba de la cárcel iba a dejar de robar. Todavía sigo en el invento (robo), pero ahora con más cuidado”, confiesa Eusebio, jefe de un almacén.

La fecha tiene un significado especial para los cubanos. Incluso en los años más radicales de Fidel Castro, cuando Dios también era un adversario ideológico para el régimen y los curas considerados enemigos del 'proceso revolucionario’, en la víspera del 17 de diciembre, miles de devotos peregrinaban al Rincón, a renovar su fe con San Lázaro.

La posición del Gobierno siempre ha sido ambigua. Por un lado no impide la celebración, aunque no la estimula. La prensa oficial no publica una línea, ni convoca a los creyentes a que asistan. Pero se desvía el tráfico (http://www.granma.cu/cuba/2016-12-15/nota-informativa-15-12-2016-23-12-59) y el transporte urbano se refuerza.

A lo largo del trayecto, por una angosta carretera de poco más de un kilómetro, desde el paradero de ómnibus de Santiago de las Vegas hasta El Rincón, la gastronomía estatal y privada, ofertan alimentos y bebidas no alcohólicas.

Para llegar a la iglesia se atraviesa un suburbio de casas bajas, algunas de maderas con tejas de barro. En los portales de las viviendas sus moradores instalan espectaculares altares a San Lázaro y en los numerosos timbiriches, junto a comida, jugos y refrescos, venden plegarias y collares religiosos.

En las afueras de la ermita, colindante con un hospital para leprosos que se terminó de construir en 1936 y que fue visitado por el Papa polaco Juan Pablo II en 1998, hay un amplio terreno baldío donde miles de personas acampan hasta el filo de las doce de la noche, cuando se efectúa una homilía dedicada a San Lázaro.

A esa hora, la gente ya se ha amontonado a las puertas de la iglesia y depositada moneda en sitios disponibles. El diácono comienza su misa con citas bíblicas y ora por los necesitados, los enfermos y los que sufren prisión. Termina pidiendo paz, concordia y prosperidad para el pueblo cubano. Después de darse las manos, los congregados aplauden.

Desde hace bastante tiempo, lo habitual es ver por el camino que conduce hasta la iglesia de San Lázaro, a infinidad de creyentes vestidos con ropas de saco, algunos arrastrando inmensas piedras como pago a sus promesas. La mayoría de los cientos de fieles van a pie y suelen ir cantando y bebiendo ron.

Pero esta vez, piensa Eusebio, las cosas tienen que ser diferentes. “Ahora con el luto a Fidel, las celebraciones y fiestas públicas se han cancelado. Incluso las privadas y las religiosas deben ser efectuadas de manera discreta. En una reunión del partido en mi trabajo, dijeron que no se prohíben las ceremonias religiosas, pero se considera de mal gusto estar bebiendo ron y poniendo reguetón y música bailable. Por eso, este año velaré al Viejo en la sala de mi casa con mi familia y algunos amigos. Ya compré tres botellas de ron y una caja de cerveza. Tranquilos, sin escandalera”.

Horas antes del 17 de diciembre, Lisván, 56 años, desconocía si el régimen situaría transporte para trasladar a los feligreses hasta Santiago de las Vegas. “Ya esto del luto a Fidel empieza a molestar. Sí, debemos respetar la muerte del comandante, pero coño, la vida sigue. Cuando se murió mi madre, estuve de luto tres o cuatro días, pero luego todo volvió a la normalidad. Ahora los devotos religiosos tenemos que celebrar con un sigilo tremendo, como si estuviéramos cometiendo un delito. En los tambores y otros ritos de la religión yoruba, se canta, se tocan violines y se bebe aguardiente”.

Cuando ya se aproximan las fiestas navideñas, por decreto oficial, el régimen verde olivo, sin anunciarlo públicamente, sino a través de circulares y directivas enviadas a centros laborales, decidió alargar el duelo hasta el mes de enero.

“Esas ordenanzas de esta gente (Gobierno) me dan mala espina. Recuerdo cuando en 1970 Fidel dijo que se suspendían las celebraciones navideñas hasta nuevo aviso, por la zafra de los diez millones y la prohibición duró hasta 1998. Y si se levantó fue porque quiso hacerle un gesto al Papa Juan Pablo II y decretaron feriado el 25 de diciembre”, apunta una señora en la cola del pan.

Y es que diciembre es un mes de resumen. La gente suele hacer balance del año transcurrido y hacer planes para el año entrante. Las familias cubanas rompen sus alcancías para comprar puerco, beber cerveza y aguardiente, escuchar música, bailar o charlar hasta bien entrada la madrugada.

Muchos cubanos de a pie ya olvidaron que mientras velaban a San Lázaro hace dos años, Cuba y Estados Unidos pusieron fin a su particular Guerra Fría. La distensión no ha cambiado la precaria existencia de los cubanos.

Hasta después de muerto, Fidel Castro sigue dictando las reglas de juego.