"FIDEL CASTRO NO CANTABA BOLEROS" por Gina Montaner


Durante años pensé que aguardaría con impaciencia el día en que me tocaría escribir en pasado de Fidel Castro. Sin embargo, confieso que vivir tanto tiempo llevando a cuestas el pesado fardo del exilio me habituó a sentir como algo normal el peso asfixiante del hoy difunto comandante de una esclerotizada dictadura que alguien alguna vez llamó "revolución".

Fidel fue el Darth Vader de la libertad de los cubanos, de la mía y la de mi familia. Y hoy toca, al fin, comenzar a desterrarlo de nuestra existencia como el padre abusador que largamente castigó y devoró a sus hijos. Exigiría prolongada terapia para toda una nación recostada en el diván de un trauma colectivo, pero el tiempo apremia y a los malos hay que dejarlos atrás como quien huye de un vendaval mortal. Fidel ya es el pasado. La verdad y el tiempo lo pondrán en su sitio.

A estas alturas no puedo ni quiero escribir un sesudo análisis sobre sus logros, que fueron muy pocos, y sus fracasos, que fueron el signo de su vocación autoritaria. Volver a hablar de él sería darle un gustazo hasta en la tumba de su mausoleo. Hoy, en el día de su muerte, sólo me vienen a la mente todas las vidas que los cubanos pudimos haber emprendido si la república hubiera seguido su curso, no exento de errores que había que enmendar, pero a salvo de una aventura totalitaria de la que tomará tiempo recuperarse. Todas esas avenidas vitales que nos cerraron, tanto a los que se quedaron atrapados en la isla como a los que acabamos en la diáspora buscando nuestro sitio en el mundo. Hablo, también, de las vidas truncadas por el presidio político, los paredones de fusilamiento, los campos de trabajos forzados de la UMAP, los mea culpa de los intelectuales depurados, los balseros que han naufragado en alta mar, los disidentes muertos en extrañas circunstancias. El alma de los cubanos (los de dentro y los de fuera) sistemáticamente vejada por un caudillo caprichoso. Un despiadado patriarca instalado en el invierno de la nada que hoy representa su muerte.

Muchas vidas pudimos haber tenido los cubanos en un país que era nuestro (el de todos) y no el de una despótica dinastía. Vidas imperfectas, pero administradas por el libre albedrío, que es la única manera aceptable de que los hombres y mujeres sean dueños de sus destinos. Todo lo demás conduce a enormes cárceles disfrazadas de falsos paraísos. Hoy, al fin, ha muerto nuestro cancerbero mayor. El dueño de la finca. El señor de la gleba.

Desde el principio Fidel Castro, que como buen narcisista de manual despreciaba a los demás (dentro de su revolución, todo; contra su revolución, nada), lo primero que hizo al bajar de la Sierra Maestra con sus hombres barbudos y con exceso de testosterona fue apagar las luminarias de una Habana que se encendía en sus noches de música, garitos y placeres. La revolución habría de ser una letanía de marchas al amanecer, consignas, guardias, comités de defensa. Los rigores de su experimento marxista-leninista-puritano no admitían la libertad individual. Esas madrugadas a ritmo de rumba y ron que Orlando Jiménez-Leal y Sabá Cabrera inmortalizaron en los albores de la revolución en un cortometraje, P.M., que Néstor Almendros calificó en la revista Bohemia de "joya del cine experimental" y que en 1961 el régimen confiscó y censuró. Eran los vestigios de la Habana de los años 50 que Guillermo Cabrera Infante inmortalizó en Tres Tristes Tigres. La metrópoli permisiva de los cabarés donde la legendaria Freddy cantaba boleros a capella en el bar Celeste. Una Habana que se sofocó con la represión y el miedo hasta que la oscuridad nubló el horizonte de los cubanos y el mar se convirtió en el único punto de luz.

Aunque nací en Cuba mi única patria ha sido el exilio y mi estado de ánimo es el del desarraigo. Durante muchos años mi familia y yo soñamos con volver a un lugar que sólo existía en el recuerdo inventado y poco a poco dejamos de soñar. En la diáspora hemos vivido plenamente y en libertad, comprometidos en todo momento con el sufrimiento de nuestra gente, que ha sido el nuestro.

De todos las evocaciones de este largo destierro, en este día quiero rememorar a mis padres en el salón de nuestro primer piso en Madrid en el barrio de Estrecho. En el tocadiscos se escuchaba la voz inconfundible de Olga Guillot. Nasal y contundente. Así aprendí a amar el bolero, que es la canción del sentimiento. Él nunca pudo comprenderlo. Hoy es un alivio emplear el pasado y sentir que la hojarasca del olvido se lo llevó para siempre.


Articulo escrito por GINA MONTANER


 

Gina Montaner nació en la Habana, pero se instaló en Madrid con su familia en 1970, desde que era una niña. Su adolescencia corrió pareja con «La Movida», la transición política a la democracia y el descubrimiento de la libertad. Crecer en esa España tan intensa y rica en matices la llevó a la convicción de que en política se debía participar con pasión y entusiasmo, siempre colocándose junto a las víctimas, pero sin militar en partidos organizados que te limitan la libertad individual.

En 1983 se licenció en literatura iberoamericana en Barnard / Columbia University (Nueva York). Entonces decidió que sería escritora. Desde hace más de veinte años publica una columna semanal en periódicos de Estados Unidos y Latinoamérica, y entre ellos El Nuevo Herald. Su columna Zona Franca aparece semanalmente en El Mundoy elmundo.es. Colabora habitualmente con el programa radial LD Libros (Libertad Digital). Trabajó como productora de informativos en CNN+ (Madrid) y actualmente está a cargo de proyectos especiales para la Cadena Telemundo (Canal 51) en Miami. Por su trabajo ha recibido ocho premios Emmy.
En el 2006 coordinó y prologó un libro colectivo, Un día sin inmigrantes, publicado por Grijalbo.